Una profesional de Ita Valencia explica cómo se manifiestan las conductas de riesgo y la importancia de detectarlas a tiempo.
Cada dos horas una persona muere por suicidio en España, una cifra que refleja la dura realidad de muchas familias que enfrentan la pérdida de un ser querido, a menudo sin las herramientas ni el acompañamiento suficiente para comprender lo que está ocurriendo.
Según los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), 3.800 personas murieron por suicidio en España durante 2025. Esto equivale a más de diez fallecimientos al día y evidencia la magnitud de un problema que sigue siendo uno de los principales retos en materia de salud mental.
Detrás de cada caso hay una historia de sufrimiento, pero también señales de alarma que, identificadas a tiempo, pueden abrir una oportunidad para la prevención. Las autolesiones constituyen una de las manifestaciones de ese sufrimiento emocional que merece especial atención.
Celia Calvo, psicóloga de Ita Valencia, explica que, “aunque las autolesiones no tienen necesariamente una intención suicida, pueden estar relacionadas con un mismo contexto de malestar psicológico y requieren ser comprendidas y atendidas” y añade que, “en muchos casos, la persona recurre a hacerse daño como una forma de aliviar o regular emociones intensas que no sabe cómo gestionar de otra manera.”
Para el entorno familiar es importante prestar atención no solo a la aparición repetida de lesiones, sino también a cambios en el comportamiento, como el aislamiento, la pérdida de interés por actividades habituales, cambios bruscos de ánimo o el intento de ocultar el cuerpo de manera inusual.
Detectar estas señales y acercarse a la persona desde la preocupación, sin juicios ni reproches, puede ser el primer paso para que pueda recibir ayuda.
A partir de ahí, escuchar a la persona de forma activa, validando sus emociones, aunque no estemos de acuerdo, y animarla a buscar ayuda profesional pueden marcar la diferencia a la hora de abordar estas situaciones de manera responsable. En ese sentido, la profesional de Ita Valencia destaca que la comunicación es esencial: “Hablar de ello no hace que la situación empeore, todo lo contrario. Transmitirle a la persona preocupación desde el cariño y la calma, evitando juicios, es muchas veces la contención emocional que las personas que sufren necesitan.”
En una época en la que cada vez se habla más de salud mental, es vital continuar creando espacios donde poder hablar sobre el suicidio y sus múltiples manifestaciones. Para ello, se debe entender que el acto de hacerse daño así mismo puede ser la expresión visible de un malestar que permanece oculto. Ampliar la mirada sobre estas realidades permite comprender que la prevención no comienza únicamente cuando aparece una conducta suicida, sino mucho antes: cuando somos capaces de reconocer el sufrimiento y hablar de él sin miedo ni estigma.