Ante la caída de la tasa de emancipación juvenil, profesionales de Iterias alertan sobre las consecuencias que esta situación tiene para la salud mental de las personas jóvenes.
La crisis de acceso a la vivienda ya es una de las principales preocupaciones de la sociedad española. Sin embargo, detrás de las dificultades económicas para alquilar o comprar una vivienda se esconde una crisis menos visible: el impacto psicológico que esta situación está teniendo sobre las personas jóvenes que ven retrasada, o incluso imposibilitada, su emancipación y, con ella, sus proyectos vitales.
En la actualidad, el alquiler de una vivienda en solitario absorbe el 98,7 % del salario medio de una persona joven. Así lo recoge el último informe del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España, que también sitúa la tasa de emancipación juvenil en el 14,5 %, el nivel más bajo desde que existen registros.
Profesionales de Iterias Paseo de la Castellana (Madrid), centro de psicoterapia, advierten de la profunda huella que estas cifras están teniendo en la salud mental de toda una generación.
El malestar que produce esta situación suele manifestarse inicialmente a través de síntomas sutiles, pensamientos recurrentes o sentimientos de frustración, impotencia e incertidumbre. Cuando estas situaciones se prolongan en el tiempo, pueden derivar en problemas psicológicos más graves, como ansiedad o depresión.
Álvaro Sánz, psicólogo de Iterias Paseo de la Castellana, señala que, «lo que desgasta de esta crisis es no poder saber cuándo acaba y conectar con una incertidumbre que no ofrece horizonte y sobre la que apenas se puede influir ». La pérdida de lo que en psicología se denomina un «entorno seguro», aquel lugar desde el que una persona se recupera de lo que le ocurre fuera y desde el que se atreve a proyectar su futuro, « produce un duelo por esa vida imaginada que no puede llegar a vivirse », explica el profesional.
Emanciparse, formar una familia o tener hijos son proyectos que quedan aplazados indefinidamente.
«Hoy vemos a jóvenes, ya no tan jóvenes, de más de 30 años que todavía deben vivir con sus padres o compartir piso con varias personas y que, por ende, ven frustrados los planes vitales que una persona de esa edad desearía vivir».
Frente a ello, los profesionales resaltan la importancia de poner nombre al problema y evitar atribuirlo únicamente a responsabilidades individuales. Entender que la dificultad para emanciparse responde también a causas estructurales puede aliviar sentimientos de culpa, ansiedad y frustración.